Increíblemente para mi, no tanto para el resto del mundo, cuando me puse un gorro a rayas de colores azul y amarillo, todos los que comentaron algo al respecto lo hicieron acerca de cuestiones futbolísticas, a favor o en contra, pero el fútbol era lo central (y no Rosario).
Si hubieran sabido que soy un a-fútbol, que el fútbol no forma parte de mi vida, que me cuesta tremendamente ver un partido sin dormirme; en ese caso, posiblemente, los colores sólo hubieran sido colores, y los comentarios hubieran ido en otro sentido, ya que mi interés en ese gorro lejos estaba de la simbología del fútbol.
¿Por qué comento esto? Porque muchas veces nos dejamos llevar por lo aparente, por lo que nosotros pensamos acerca del otro, nos dejamos llevar por nuestra percepción inicial, y esto, probablemente, nos lleve a error, si intentamos descubrir qué siente/experimenta el otro.
Desde la misma óptica para saber qué le pasa a un cliente habrá que abandonar nuestra óptica de «vendedor», dejar a un costado nuestros paradigmas, aprender a desaprender y animarnos a tener una «experiencia ingenua», con todos los sentidos, y así lograr percibir lo más cerca posible cuál es la experiencia del cliente.
La experiencia ingenua no es otra cosa que despojarnos de lo que llevamos encima (conocimientos, experiencias, miradas sesgadas por la posición que ocupamos) y animarnos a vivir desde cero la experiencia, tratando de incorporar como si fuésemos una esponja los contenidos del otro (en este caso el cliente) y cómo esos contenidos se relacionan con nuestro producto/servicio.
Los filtros e interpretaciones podrán venir después, pero primero «escuchemos, miremos, vivenciemos» desde la experiencia del cliente.