El miedo a fallar y hacerlo igual

Cuando en 2012 me planteé la posibilidad de independizarme el proceso me tomó unos 6 meses, si bien ya venía en un proceso de cambio profesional, de búsqueda, todavía no creía que yo tenía la posibilidad de emprender, de hacer mi camino fuera de una organización.

En ese entonces tenía 37 años y medio, y hacía unos años que mis decisiones se desprendían de un proceso de Coaching que había transitado hacía 5 años atrás. Ese proceso, luego de un período de terapia, fue en gran medida lo que me empezó a habilitar mirarme desde un futuro habilitante y no desde un pasado que parece que pone más límite que posibilidad.

Me acuerdo las conversaciones que tuve en ese momento con la madre de mi hija y también con mi pareja, hoy mi esposa, Anita, si bien sentía que estaba en el momento de arrancar solo, porque se estaban dando algunas situaciones que veía como posibilidad, el miedo era grande, y tenía terror de fallarle a mis cercanos, quizás un poco por mandato y otro poco por la realidad que me cruzaba en ese momento, la falla se me presentaba como un enemigo a quien no quería tener que enfrentar.

No sé si porque me quieren, si por ser políticamente correctas o porque realmente lo pensaban, me dijeron «confío en vos, seguro vas a poder», «lo que hagas lo vas a hacer bien» (menudo desafío), y también me dijeron «y si va mal podés volver a buscar trabajo».

El futuro se presentaba como imperfecto, pero a la vez como algo a construir, no determinado, no escrito, abierto, incierto y posible. Pero era un futuro sin red, o al menos sin esa red mental que uno tiene cuando es contenido por una organización que le paga el sueldo cada mes.

Sin embargo en mi corazón latía fuerte la adrenalina de lanzarme a lo desconocido, de depender enteramente de mi capacidad de generar, no sentía que era un emprendedor, en la forma clásica de quien emprende, pero si me sentía un aventurero de mi propia vida, no tenía una idea genial que iba a revolucionar el mundo, era más una idea chiquita que buscaba ayudar a cambiar a mi aldea.

Había identificado que existía un espacio para ocupar, y no estaba seguro que fuese un lugar real, no tenía una investigación de mercado, no tenía un antecedente que validase la intuición, pero creo que había encontrar un dolor para sanar, tender el puente entre el marketing que se tiene y el que se quiere, y eso me motivaba mucho.

El camino de estos 10 años estuvo tapizado por intentos, errores, pequeños logros, grandes proyectos, proyectos inconclusos, una sociedad fallida, otra exitosa, otra que es promesa y otra que está por nacer. Me descubrí en un rol de generación diferente también descubrí lo que era manejar mi tiempo, apostar y perder, apostar y ganar, construir relevancia, construir equipo, sostener empresa, entender a la mayoría de los clientes y no tener la capacidad para entender a algunos que me desafiaron en esta faceta de consultor.

Al terror al fracaso, a fallar, lo compensé con largas horas de trabajo, en los primeros años una cantidad ridícula de horas trabajadas, sin embargo sentí que lo hacía con un muy balanceado tiempo para la familia y para mi. La promesa era grande, y para alcanzarla había que doblar el esfuerzo, y así fue.

Hoy, a casi 10 años de haber comenzado el camino de la independencia, siento que tomé la decisión correcta, y que si te comenda el miedo a fallar sólo logra que te pongas gris dentro de tu zona de confort. Hay que correr hacia el disconfort de tanto en tanto, porque es energía y oxígeno para la vida, y eso es lo que elijo, corro hacia el disconfort, o como dicen algunos, me mantengo en una actitud de disconformismo que me hace buscar el color de vivir valientemente haciendo enfrentándome al miedo de fallar, pero haciendo.

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